Affaire Onofroff en el Teatro Campoamor (ocurrido en mayo de 1893)

 

El 17 de setiembre de 1892 se inaugura en Oviedo el Teatro Campoamor, un selecto coliseo para que la floreciente burguesía carbayona disfrutara de los espectáculos en un entorno de ricos mármoles, metales y maderas nobles, nada que ver con los estrechos pasillos e incómodos asientos de los viejos teatros, por no hablar de las insalubres barracas donde se ofrecía al gran público el último gran invento del momento, el cinematógrafo. El Campoamor era un derroche de oro y luz que fue recibido con agrado por la alta sociedad de Oviedo.

 

 

Pocos meses después de su apertura, en mayo de 1893, se presenta en el teatro la actuación del gran hipnotizador Enrique Onofroff, “el experimentador científico más extraordinario del planeta”. Allí acudieron con sus mejores galas las señoras y caballeros de la época, a los que con tanto acierto retrata Clarín en La Regenta, dispuestos contemplar en directo la magia con la que Onofroff estaba asombrando al mundo entero. Pero lo que todos pensaban sería un interesante y sorprendente espectáculo, acabó como el Rosario de la Aurora, con los caballeros indignados subiéndose al escenario para abofetear al artista y las damas retirándose escandalizadas por lo sucedido. Nada mejor que recurrir a la prensa para conocer de primera mano lo sucedido en tan selecto y novísimo coliseo. Así relataba La Opinión de Asturias el affaire Onofroff en su edición del 30 de mayo de 1893:

 

Hipnotizador abofeteado

 

 

 

«El ilusionista y magnetizador Onofroff, que estos días daba representaciones en el teatro Campoamor, llevó su osadía a tal extremo en la noche del domingo, que el público ovetense le dio una lección muy merecida. Diferentes veces quiso Onofroff echársela de majo con el público de la gradería, pero la ‘prudencia de los espectadores evitó un conflicto. Hipnotizó el Onofroff á dos o tres alquilones que trae consigo, y les ordenó que cantasen. Uno de ellos cantó una copla tan indecente, que las señoras se pusieron de pie para retirarse y los hombres indicaron con murmullos su desagrado. A pesar de esta protesta, Onofroff siguió ordenando a sus hipnotizados que continuasen en sus groserías. Repitieron éstos el cantar, y entonces, agotada la paciencia do los espectadores ante aquel insulto soez a la moral y al decoro, se lanzaron algunos al escenario y empezaron a repartir palos y bofetadas al hipnotizador y a los hipnotizados, promoviéndose un tumulto espantoso. Las mujeres gritaban, y entre los gritos y los silbidos y las voces de « ¡a la cárcel ese grosero!» la autoridad se veía perpleja para contener la indignación do los espectadores. Intervino el Alcalde, intervinieron los serenos y los agentes de orden público, y gracias a que Onofroff logró refugiarse en una habitación desconocida del público, no hubo que lamentar alguna desgracia. Nosotros alabamos la conducta del público ovetense. Porque ante la pasividad de las Autoridades y la provocación grosera e indecente de “los actores”, no quedaba otro recurso que demostrar con una protesta enérgica que el pueblo de Oviedo tiene dignidad suficiente para no consentir que se le trate como a un pueblo rebajado y prostituido. ¿Quién representaba allí a la Autoridad pública? Dicen que el Alcalde no estaba en aquel momento en el teatro. Pero ¿no estaba en el coliseo el delegado del Gobernador? Debía estar. Y si estaba, ¿por qué no suspendió la representación en cuanto notó que se ofendía a la moral y a la decencia? Si para esto no sirven las Autoridades, ¿para qué sirven?. Parece que Onofroff se puso enfermo y que no salió del teatro hasta las dos y media de la madrugada, hora en que se dirigió a la fonda, escoltado por varios serenos. A pesar de lo sucedido, Onofroff, que debía de llamarse Osadofroff, quiso dar ayer otra representación, cosa que impidió el Alcalde, dada la excitación de los ánimos, contra ese ilusionista y magnetizador que nos ha tomado por beduinos. No señor. No debe consentirse que ese sujeto de más representaciones en el teatro de Oviedo. Que se vaya con su hipnotismo a otra parte.»

 


Trajo cola el asunto, que además de servir como excusa a la prensa para arremeter contra las Autoridades, achacándoles no haber sido capaces de cortar a tiempo el soez e indecente espectáculo, fue la comidilla en la ciudad como queda de manifiesto al leer la nota que envía a La Opinión de Asturias, D. Facundo Valdés Hevia, Magistrado de la Audiencia de Oviedo:

 

Sr. Director de La Opinión de Asturias. Muy señor mío y distinguido amigo: Después del escándalo del domingo en el Teatro, reseñado ya por la prensa en sus detalles y causas, he sabido que se dice por ahí que yo había levantado la mano a la señora de Onofroff. Quien esto afirme no es veraz; y la misma señora y su esposo han hecho la justicia de desmentir la especie en una conferencia que con ellos tuve hoy. No lo creerán seguramente las personas que me conocen, y si alguno hubiere y continuara mordiéndome en la sombra, que se quede con su veneno, mientras que da a V. las gracias su afmo. amigo y atento servidor q.b.s.m. 

Facundo Valdés.

Mayo 30 del 93

 

En el mismo ejemplar de La Opinión de Asturias, Onofroff ofrece su versión de los hechos:

 

Muy señor mío: En el número 95 de su publicación viene un suelto referente al escándalo del Teatro de Campoamor y como supongo que el autor del mismo no se halló presente y ha sido mal informado, pues encuentro en algunos de sus párrafos varias inexactitudes do hecho, me permito rogarle dé cabida en el periódico de su digna dirección al siguiente Comunicado. Primeramente ha confundido V. al público ovetense con cuatro ó cinco muchachos un tanto exaltados á quienes su exaltación llevó hasta el extremo incalificable do asaltar el palco escénico, sitio absolutamente privado para todo espectador, y para qué? para no hacer nada más que confusión porque es inexacto que me hayan puesto la mano encima como V. dice, pues ni siquiera se acercaron á mí como lo puedo probar por los misinos asaltantes entro los cuales no habrá seguramente uno solo que diga lo contrario. Tampoco me escondí como V. dice en una habitación desconocida; me retiré después de bajar el telón, al cuarto que ocupaba en el Teatro y que todo el mundo conocía, habiéndomelo ordenado el señor Inspector. No intervino el Sr. Alcalde como V. dijo por estar en aquel momento ausente del Teatro y solo algunos minutos después me hizo una visita en mi cuarto, donde estaba cambiándome la ropa como también varios amigos médicos ovetenses pertenecientes al público. También es inexacto que yo me pusiera enfermo como dice V. y que salí del teatro á las dos y media de la madrugada, sino á la una y media, y habría salido antes si la autoridad no me lo hubiera impedido, y no digo esto por bravata, como vulgarmente se dice sino, por entender que la generalidad del público no me hacía culpable del acto que no quiero calificar do que fui una de las víctimas. Otra inexactitud es también el haber usted dicho quo el Sr. Alcalde me haya prohibido dar otra representación, pues hasta hoy he tenido la autorización para funcionar en dicho Teatro y ayer precisamente y en la Redacción de El Correo de Asturias fui preguntado por el Sr. Gobernador civil si iba á dar otra velada, prueba la más evidente de la falsedad de aquella afirmación. De manera que la excitación de los ánimos, no fué sino en un número de personas muy reducido, á la mayor parte do las cuales, he tenido la gran satisfacción de recibir delante do tres testigos, habiendo mediado las reparaciones y explicaciones quo so debía al caballero y quo el público en general el día siguiente al suceso me aplaudió repetidamente por las calles do Oviedo donde pasé, acompañándome á la puerta del Hotel Francés, donde habito, más de quinientas personas, y que el mismo público se dirigió é la callo de San Juan, acogiendo con una ovación de silbidos á los cuatro promotores del motín. En cuanto á lo cantado por el sujeto hipnotizado ha sido ya reconocido por el Sr. Alcalde, por el público y por varios periódicos que lo han anunciado, que soy completamente irresponsable do tal canción, no la comprendí en el momento y habría hecho cesar el canto inmediatamente si me hubieran avisado, pidiendo perdón al público seguidamente por haberlo inconscientemente ofendido. Estos son los hechos exactos que pueden confirmar el Sr; Inspector, los agentes de autoridad y muchas personas respetabilísimas de Oviedo. Aprovecho la ocasión para rogar á V. dé las más expresivas gracias á la población ovetense de la simpatía que me ha demostrado, en esta circunstancia, lo quo prueba quo el hecho aislado do cuatro ó cinco individuos no redunda en desprestigio de un pueblo entero y a pesar del disgusto que he tenido, guardaré grato recuerdo y dejo en Oviedo muchísimas amistades que he contraído durante mi corta permanencia. Ruego á V., Sr. Director, me dispenso estos renglones mal escritos; pues ya saben todos el corto conocimiento que desgraciadamente tengo del idioma español, causa de no haber comprendido la malhadada canción. 

 

Onofroff. Oviedo 31 de Mayo de 1893.

 


No ha sido posible localizar la letra que tanto violentó a damas y caballeros de Vetusta, pero sí que hemos encontrado en la hemeroteca del periódico El País algunos datos sobre el protagonista del affaire, Enrique Onofroff, quien se presentaba como el “campeón mundial de fuerza psicofisiológica” y cuya biografía es bastante curiosa. Le creían ruso de origen polaco, y él afirmaba ser italiano, hijo de un guardia suizo del Vaticano, aunque las malas lenguas le señalaban como barcelonés y de nombre Onofre. Parece ser que estudió medicina, pero el escenario pudo más y pronto consiguió fama en los teatros de media Europa. Se presentaba como un experto en hipnotismo, capaz de domesticar fieras y toros salvajes de un vistazo. Decía haber puesto en trance a una gran dama, a la que fue imposible despertar hasta 20 años después. Y se jactaba de adivinar el pensamiento, lo que al parecer llamó la atención del propio Oscar Wilde. En 1891 triunfa en el Romea y en el Folies Bergères de la calle de Escudellers. Su principal especialidad es hacer creer a la gente que están en la selva africana, produciéndose sonados descamisamientos y algún que otro accidente, como cuando en Bilbao, en 1915, hipnotiza a un mocetón y le ordena que se ponga a saltar, con tan mala pata que éste cae al patio de butacas, lo que provoca la ira del público. En Madrid, el obispado y la Sociedad de Padres de Familia piden al Gobierno que le prohíba actuar y se va a Barcelona, donde sus amigos de farra componen un cuadro inolvidable. Entre ellos destacan el domador de fieras Mr. Keller, el ex dictador de México general Huerta y el millonario Ratzner, que lo pagaba todo en oro. Se le ve por La Rambla con su porte aristocrático, su frac y su famosa mirada fascinadora, oliendo a tabaco turco y a colonia cara. En 1920 seduce a un joven Salvador Dalí, que le ve actuar en Figueres. Y seis años más tarde da una sesión especial “para señoras y señoritas” en Eldorado, junto a la trouppe de liliputienses de Andrei Ratoucheff. Onofroff ya es un personaje legendario cuando, en 1932 y de nuevo en el Romea, reta a cualquiera que acierte la fecha de su nacimiento, ofreciendo 1.000 pesetas como premio. Hasta que en 1934, tras 50 años de profesión, se jubila y monta una academia de hipnotismo por correspondencia en el número 24 de la calle de Balmes. Pero estalla la Guerra Civil. A Onofroff le pilla de promoción de su libro Para no envejecer, donde premonitoriamente explica un método para vivir eternamente. Y al siguiente año, entre tiros y bombas, publica Cómo se sugestiona, libro con el que el Estado Mayor republicano hubiera podido magnetizar a Franco y convencerle de que era un perro San Bernardo. Pasada la histórica oportunidad, el personaje, si es que fue uno solo, cuenta hasta tres y desaparece.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Manuela Caballero González (sábado, 21 abril 2018 19:05)

    Se puede obtener permiso para publicar una imagen de este blog?
    concretamente el recorte de Onofroff, estoy escribiendo un artículo donde aparece
    Gracias
    Manuela C.